Llegó la primavera para ganar terreno por sobre mi invierno,
ni una despedida hubo, fue cosa de un abrir y cerrar de ojos y ahí estabas tú,
floreciendo entre los arbustos y árboles de mi patio, donde las abejitas polinizan,
indicando que mi amor me había abandonado.
Aunque debo confesar que no es la primera vez que me pasa; he vuelto a la ciudad que más amo debido sus cambios, cada vez me siento más enamorada
a través de cada lugar nuevo que conozco, pero el punto no es ese, es que
llegué entre verano y otoño, desde una ciudad que desconoce las hojas secas
caídas de los árboles, ¡Esas personas no saben lo grandioso que puede ser
triturar una hojita caída, saltando al caminar y escuchar el crujir de una
nueva época otoñal!
De hecho, me olvidé del otoño con la tan esperada y por
algunos, odiada época invernal. Caí rendida y entumida, a esta época tan
anhelada porque la extrañaba. Animarme a salir de casa abrigada cual oso polar,
abrir la puerta y sentir esa brisa fría chocar con mis mejillas, saltarme los
charcos de agua, mi frente mojada por el agüita retenida entre las hojas o
ramitas de los árboles, mi nariz congelada y mis manos refugiadas entre mis
bolsillos.
Ahora me siento devastada, acurrucada en cama, con mi voz
desconsolada y una tos descontrolada, solo mi asma se refugia en la esperanza
de que un par de puff la calmará junto con unas pastillitas que disminuirán las alergias.
¿Se supone que en la primavera florece hasta el amor? pues a mi me ha roto el corazón y despertado la picazón.
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