Me encantaría poder odiarte; no es que no te odie, de hecho odio soñar contigo, odio querer volver a verte, odio las nulas posibilidades de conmigo tenerte, odio desear tanto conocerte, odio haberme encantado con tus ojos. No sé qué rayos hiciste que me siento hipnotizada con el recuerdo de tu mirada. Esa es la que me hace sentir vivificada.
Amo haberte visto sonreír. Ahora sé con certeza que necesito una sonrisa como la tuya junto a mi naturaleza. Por eso no logro odiarte; quizás pasas por mis sueños recordándome que a pesar que no eres perfecto, tus cualidades son perfectas para mí, lo que no significa que las mías lo sean para ti.
No quiero pensar que eres el hombre de mis sueños, pero ahí te quedarás mientras en mi búsqueda espero hallar a alguien que me ilumine con su hermosa sonrisa como la que tanto te he soñado, aquella con la que también pueda disfrutar de risas a su lado. Y ni hablar de sus ojos; busco unos tan profundos como los que en ti he adorado, y no son solo unos típicos ojos de un claro color, sino unos lejanos a lo que es abrumador, que invitan a sumergirse en esa mirada tan encantadora y sincera que logran convertir cualquier sueño en realidad, aclarando la verdad. Así también cómo olvidar esa confianza que inspiraban tus protectores y cálidos brazos, proclamando abrazos. Y no puedo dejar pasar esa envolvente voz llena de conocimientos y convicción, que me habla con ternura y amor, que revuelve mis dragones estomacales y producía un complaciente no sé qué en mi interior, esa que inspira paciencia y perseverancia invitada de tu mano, tus suaves y fuertes manos. Podría pasarme enumerando las cosas que me encantaron de cada uno de mis sueños e impresiones acerca de ti, como tu capacidad para escuchar con interés y responder con sensatez; pero no lo haré porque ya comprobé que odiarte no podré.
Hay cosas que no se comprenden de los sueños como el hecho de porqué tú. Sin embargo me inspiras a anhelar algo que antes quizás pensaba jamás encontrar. Eso que le llaman amar.